Tesoros he guardado, niño
Muchos años como el oro
En sus manos mi alma ha amamantado
Hay penumbra en los sueños
El dolor de amistad
Que duerma en Warnes
"je ne sais
quoi"
Río
De pueblo en pueblo,
andamos
San Ignacio
El que te atrapa
Distancia araña
Dos complices guardando la vida
Que brota desde la cuenca del corazón
A orillas del Piraí
El jefe manda en esta fábula
Ochoós a la puerta de la casa
Que con hojas marchitas dibuja camino
Compras el cielo con tu guitarra
Voz de fábula
En mi ingenuo cuento
Cuando me despierte el cabecilla
Dile que su designio
Me lo trago de lleno
La Moqueta lleva mis pasos
Y el verde viva
En tus recuerdos
Dígame que me calle y estará sacando de los vidrios rotos de mi alma decenas de frases que llevan sentido en el contexto de la que habito. La que de pronto se torna extraña y traidora, la que no puede controlar el fuego que despiertan las huellas inciertas de los pasos de otro extraño. Misterioso de sonrisa perceptible. Tengo temor que descubras que en realidad no soy nada. Nada especial llevo en el alma. La religión no forma más práctica usual de mis conversaciones, mis labios han perdido su toque poético, y el lugar escucharás una voz galga hablándote, y un rostro sonrojado que procura esconder el eco de la necesidad. Y si además descubrieras mi fragilidad personal haciéndola trampolín de una aventura que no deje más que marcas de agua en su diseño, no me quedaría más que aceptar el odio de mis imperfecciones y lo difícil que se torna aceptarlas y aceptarte a ti en ellas. Y si de pronto pudieras entender que el noble mosto debería parir mi alma porque el mundo lo dice, ese mosto es para el vino que se sirve luego que se ha emborrachado la gente, el de mala calidad, al que le cuesta entregar sabor, ¿acaso seguirías ansiando los viajes en paracaídas y las escusas para festejar? Mírame y descubre el temor de sentirme libre con lo que soy sin pretender piedad o amor o compostura. Cuando midas con vara chica los pocos rastros que he dejado y no te alcances los dedos para contar las veces que pasé desapercibida. Sin voz ni voto, sin opinión ni derecho, retraída, quieta y muda. Me avergüenza saber que no he podido resolver el problema de las guerras, ni saciar el hambre de las caras escuálidas que roban mis lágrimas. Quiero vomitar cuando entiendo mis pobres habilidades y cuanto requiero pelear para sentirme fuerte, responsable ciudadana, mujer de negocios, cortesana. Qué mas da si descubres que no hay nada que descubrir, nada que pueda interesar. He desperdiciado mis años repitiendo frases que no han pasado a mi memoria de largo plazo. No sé de música, ni cine. Prefiero dormir que bailar. Y llorar que cantar.