Lunes de carnaval, acompañada pero consecuentemente
sola. Qué momento más perfecto para disfrutar del aire de la noche, aires
frescos, el rocío de la noche de la mano del compás de cuetillos sin son ni
ton. Uno de esos momentos para fotografiar el lacro cielo recitando “Abandonado
como los muelles en el alba. Es la hora de partir, oh abandonado!” la canción desesperada, de mi amigo chileno -y
no vaya a ser que su nacionalismo, como abusivo refractario, cómplice de la mediterraneidad
de mis tierras y en memorables días como este vaya a separarme de su arte,
jamás, no- quien como profecía contaba
este momento de mi vida, de la vida de todos, ese momento inevitable:
encontráseme yo algún día (hoy, carne a Baal) en cualquier parte (mi floreado jardín),
en cualquier lugar indefectiblemente conmigo misma, pudiendo ésta ser la más
feliz o la más amarga de mis horas. Es ambas. Florece por paraje secreto de mi condición
pálidamente un serpollo con nuevas simientes, proyectos, deseos, amores. Contenidos sentimientos de tierna esperanza,
anudando el tiempo como instante que nunca ha de llegar, como laberinto de
viejos recuerdos, y encarados pasos, como espejo a meditar en mies abundante.
Existe la leve posibilidad de no haberse sembrado lo suficiente, el lance de
haber invertido en profundidad, mas no en intensidad. Cardos rodeando raíces de
azafrán. Por más que haya la insolación desplumado
los finos vestidos de seda irá a quedar el sello de la verdad. Sting de fondo,
Desert Rose. Y prontamente, es hora de salir. De vuelta a festejar.
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