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martes, 7 de diciembre de 2010

Pra Você


Antonio:

Ya estás hecho un hombre allá. Voz gruesa y rostro varonil. Para muchos los años pasan volando. Trescientos sesenta y cinco días son despreciables al lado del resto de los años vividos. Y es que un año es como cualquier otro. Tiene sus pocos buenos días y sus pocos malos días. Sus muchos días rutinarios. Sin embargo, te chismeo que para Tere este año ha sido un año peculiar. Te scribo para contarte de ella.  Mi vida es rutinaria y no merece la atención que esta criatura que, estoy segura, algún día llegará a ser famosa, prescribe. Quisiera decir que ya es una mujer, que entre el rojo carmesí de sus labios y sus cabellos delgados ha asumido una posición, pero temo afirmarlo. Ahi la veo con apenas la silueta de una dama. Experiencias varias. El otro día salió con zapatos de tacón y los ojos pintarrajeados.

Va creciendo, va creciendo. En altura, en estatura y probablemente también en gracia. Recuerdo cuando éramos pequeñas y tenía que compartir mi habitación con ella. Ella cínicamente se encerraba en su habitación y a mí con ella. Las paredes tumbo. Los osos de peluche colgando en las paredes y sobre el modular, y ella llorando amargamente; sumida en la autocompasión, mientras escuchaba los golpes por detrás. La búsqueda de identidad típica de su edad. Los golpes llamaban y expresaban la inquietud de sus seres queridos que del otro lado con insistencia pretendían consolarla. Yo a su lado, observando. Voces agudas y graves. Y a ella le gustaba. Disfrutaba que la llamen, que la busquen, que la extrañen. Que la griten. Para así con más rabia ahondarse en sus lágrimas. Cosas de niña. Gracias por permitirme entenderla, por enseñarme a tratar tal complejidad. Tu voz autoritaria lograban aplacar sus caprichos, al menos los primeros tiempos difíciles. ¿Recuerdas el aroma del perfume de su juventud?

Y tu sabes que mientras iba creciendo, los problemas aumentaron, en su transcurrir adolescente. Qué problemas. Cosas de niña, natural a los diecisiete encerrar su existencia en cuatro paredes y cero consuelos, sin permitirle paso (además de a mí) a los otros que la consentían, entendían, consolaban, distraían. Esta vez en una habitación más grande. Paredes amarillas. Temor. En exceso. Un televisor en frente. Una larga lista de desamores, insoportables, una gota rebalsó el vaso de su existencia, su corazón quebrado y su fragilidad personal evidentes. En su encierro, en su apatía, en su huida a la realidad. Cuando le hubiera bastado conocer la anatomía de las limitaciones, del miedo, o sencillamente tolerar las frustraciones, presumir sus batallas. Tuvo mas bien, tus sabias palabras. Y ¡cuán bien le cayeron esas tus charlas que le enseñaron tanto de la vida! Sé que disfrutas cada detalle de esta descripción y que se enorgullece tu corazón de saberte protagonista de sus difíciles tiempos. 

Y luego de aquellos años de adolescer propiamente dicho llenando una identidad vacía con historias de Isabel Allende y Ágatha Christie la historia se continuó. Un par de años después se repitió el cuentito.
Sin embargo, hoy tengo fe, mas fe de la que tuve cuando me conociste. ¿Recuerdas, esa frígida tarde de verano en la que la temperatura alcanzaba apenas los 10 grados centígrados? Nuestro verano. Por otra parte hoy confío con más grande ahínco en tu sabio consejo, en tus palabras sembradas en su corazón. Ya ha transcurrido un año. Un año peculiar. Un año en el que lo que aparenta parece lo real. En el que de la mano de cariños los desamores y los sinsabores ha podido ella superar la adversidad. Ha aprendido a llorar y a consuelo aceptar… Cosas de niña, ¿verdad?

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