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lunes, 20 de diciembre de 2010

Anhelos


“Exposición de arte”, alumbra el letrero. Luego de un par de gradas la estrecha puerta transborda a la habitación. El cuarto es oscuro. Una sencilla luz alumbra la pintura. Alrededor de ella no hay más que paredes en blanco. El creador -aparentemente un amante del barroco y del naturalismo- que parece haber dejado parte de sí en aquel lienzo al óleo. Unos tres años de trabajo arduo. Es una dama de tez blanca y cabellos oscuros y enrulados. Mira con ansias el horizonte, como queriendo huir del cuadro. Lleva un ramo de flores abrazado en el costado derecho de su cuerpo y respira su aroma con una actitud poética y a la vez dramática. Sonríe con sonrisa firme, sabia y sencilla. La pintura no es famosa, es más, esta es la última semana de su exhibición y parece no haber llamado la tención de ningún coleccionista hacendoso.

De pronto, clandestinamente, entra el criminal a la habitación. Son las 02:00 a.m. No solo va a robar la obra de arte que además de sonreír al horizonte, le sonríe a él, sino que además disfrutará destrozándola, acabando con ella. Ha estado planeando esto dos días exactamente, desde que la vio en exposición. Desde que fue a la exposición y se topó con aquel cuadro algo en él le había robado el sueño. Que lo está atormentando. Le recordaba algo profundo y alguien especial, alguien a quien había enterrado en recuerdos de antaño y algo lo cual había jurado dejar atrás. Pero he aquí todos estos recuerdos volvían a la mente de él por causa de aquella ¡maldita pintura! Como él la llamaba. Sin embargo, hoy, al fin, se encuentra allí, frente a frente con la expresión de sus sueños. Bella mujer. Qué placer será acabar con ella, piensa. La escupe. Y ella tiernamente continúa sonriendo. Le susurra al oído palabras soeces. -Hermosura, haré contigo lo que se me antoje-. Repite con su voz sarcástica. -Conozco tu deshonroso pasado, permíteme-. Pero a ella no le queda más que sonreír. –Claro preciosa, olvidé que a ti nada te abate eres un lienzo sin pies ni manos, pero… que dices de esto-, repetía mientras partía el lienzo en dos mitades de casi idéntico tamaño. Ella en silencio enfrentaba su destino. Al fin y al cabo no era una mona lisa, ni una venus.  

Y yo cuanto la envidio hoy. No por la hegemonía de la luz en su rostro que perfectamente erige el contraste del claroscuro. No. No por eso. Quizá porque hoy escribo con el feroz anhelo de que el papel absorba todo lo que mi corazón escupe. La envidio porque mi corazón escupe, y canta y ama y se  enamora, porque ríe y grita, porque sufre, porque teme, porque no puede tragarse las lágrimas ni espantar la emoción. ¿Sentir? ¿No sentir? Cuanto quisiera yo ser un témpano de hielo, con carita feliz. ¡Como Raskolnikov luego de sus primeros años en Siberia! Y evitarme toda esta montaña rusa de sentimientos que ando viviendo. Cómo no quisiera ser un cuadro, una hermosa pintura, que mira sin sentir. Que oye sin responder, que soporta sin renegar. Hoy lo anhelo más que nunca, lo anhelo con todo el corazón, pues hace tres días no vivo más que las consecuencias de una mala decisión. 

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