No es que sea muy exagerada, aunque sí soy bastante sensible (e ingenua), pero hoy viví una experiencia que podría titular del siguiente modo: “he vivido una hecatombe, ahora tengo una obsesión”.
Las ametralladoras sonaban indefinidamente. Lamentablemente en mi ciudad, La Paz –como en muchas otras ciudades pobres, imagino- los trabajos que se hacen en ella, en su mayoría no están bien terminados. Se los hace a medias, se los hace por hacer o se los hace para dejar de seguir haciéndolos. Muchas veces ni en el sastre, ni en la limpieza, ni en la policía, ni el ministerio, ni en la alcaldía, ni en el tránsito, ni en el hospital, ni en las empresas de telecomunicaciones, ni en muchas otras instituciones los trabajos se entregan cuando se preveyó que se entregaran ni como se preveyó. (Acabo de presenciar en oficinas del tránsito uno de los ejemplos de burocracia e ineficiencia que ha terminado colmando mi paciencia.) Pienso que este es uno de los factores por los cuales los bolivianitos como nación nos quedamos estancados o retrocedemos, sin lograr avanzar significativamente. La cultura del "yastá". Usualmente mientras transcurre mi vida en esta ciudad fundada para perpetua memoria me topo con estos productos -humanos y materiales- que no están ni bien elaborados, ni bien terminados; ni son entregados a tiempo. Algunos otros ejemplos que puedo mencionar son: los técnicos que entregan trabajos dos semanas después, los mecánicos automotrices que arreglan el sistema de escape del auto y desarreglan su sistema de amortiguamiento, las composiciones de estudiantes del último año del colegio que luego de ser leídas inspiran suicidio, los informes mensuales de instituciones serias que ignoran procedimientos administrativos, los docentes mediocres que no dominan la materia que enseñan. (¿Mencioné que era ingenua? y ¿que estaba enojada?). No es asunto de perfeccionismo, si no de excelencia.
Los atacantes eran muchos. No sé exactamente si lo anterior ocurre porque los trabajadores no pueden, no quieren o no saben cómo hacer mejor el trabajo que deben hacer. Lamentablemente, ocurre todos los días. Entiendo que es un problema complejo y que por lo tanto somos muchos los culpables de la realidad que indica tal situación. Entre ellos los que dejamos que estas situaciones continúen pasando desapercibidas, la “hora boliviana”, la “falta de recursos económicos” y muchos otros que se encuentran fuera de mi control (el clima de mi ínclita ciudad, ¿será?, la producción y venta masiva de bebidas alcohólicas en días de semana, ¿será?, el fácil acceso a las drogas que brinda mi tierra, ¿será?, el sistema educativo boliviano, ¿será?, la crisis moral que se vive y el desorden de la hoyada, ¿será?). Hagamos honor a la frase que dice: "Si te quejas de algo, cámbialo, si no puedes cambiarlo, cambia tu actitud". Este es solo un vago intento de darnos cara contra nuestra realidad como ciudadanos y asumir nuestras imperfecciones.
Un pequeño grupo de tanques enemigos tenían inmovilizada a la población. En esta ocasión, de los muchos sospechosos nombrados anteriormente, quiero mencionar brevemente a uno en especial, uno de los que más me preocupa: el sistema educativo boliviano. No soy tan radical al hablar como Medinacelli habló un siglo atrás afirmando que "Somos inteligentes para pronunciar discursos, para hacer versos y escritos, para ir a los parlamentos y a los bailes, pero hasta ahora no hemos inventado nada útil, ni siquiera el betún y no hemos producido una sola idea original que se diga idea boliviana, ni en arte ni en ciencia, ni en humanidades... ¿Cuál es la causa? Yo no culpo a otra cosa que los sistemas actuales de enseñanza…" No soy tan radical, porque me consta que hoy -casi un siglo después- hay bolivianos contemporáneos que, aunque muy escasos, son dignos de admiración (como Jaime Escalante Juan Hurtado y Juan Carlos Patiño) porque le han dado renombre a Bolivia a nivel internacional. Por otro lado, seguramente que el sistema educativo boliviano no es el único responsable de que, en la actualidad, los trabajos realizados por gran parte de la población paceña reflejen indiligencia y conformismo. Sin embargo, a pesar de que la intención de la educación formal es la de constituirse en un instrumento de desarrollo y perfeccionamiento de las facultades intelectuales y morales del ser humano, evidentemente la misma se ha constituido en el instrumento perfecto para entrenar a más del 70% de sus miembros para hacer chanchullos, aborrecer el conocimiento, flojear, gastar el tiempo en cosas poco productivas y que además de ello ha asesinado su potencial y menospreciado su capacidad. En palabras de Baptista Gumucio, la escuela ha bien encaminado a Bolivia al suicidio.
Me econtraba casi sola en la catástrofe. (¿Será?) No puedo callar la verdad de mis vivencias diarias respecto la triste realidad del sistema educativo boliviano. La escuela ni la universidad llenan sus funciones educativas en Bolivia, especialmente en cuanto a eficiencia, eficacia y excelencia se trata. Largo puede hablarse al respecto. Echando una ojeada mis vivencias, cabe mencionar que pocos ejemplos de personas que facilitan las clases que sean dignas de seguir y que inspiren diligencia conozco hoy en día. Pero la pregunta es, ¿soy la única a la que le afectan estas “pequeñeces”? Hasta el día de hoy no he conocido un sólo docente universitario que cumpla en un 95% los horarios establecidos para desarrollar la clase, ni siquiera un 90%. Uno o dos he conocido que están dispuestos a erradicar la corrupción y el chanchullo. La mayoría, más bien, se resigna a fomentar hábitos que engendran monstruos deshonestos, por temor a perder el puesto delatando la verdad, dejando a causa de la urgencia valores, ética e integridad relegados a un segundo plano. Eso lo sabemos todos. Y también se sabe que soluciones a este problema demandan una inversión a largo plazo y un precio que muy pocos estaríamos dispuestos a pagar.
Un grito de auxilio. La hecatombe que he vivido no es sencillamente una guerra más. Actualmente la hecatombe continúa. Balas vienen y van. Pocos luchan por apaciguarla, peo esos héroes existen. La hecatombe hasta el día de hoy ha cobrado miles de de víctimas, en su mayoría niños y adolescentes. Las pérdidas que ha causado no son poco significativas: despropósito, desempleo, pobreza, mediocridad, conformismo, apatía, dejadez, rebeldía... El daño se extiende hacia toda una nación. ¿Voluntarios?
He vivido una hecatombe, ahora tengo una obsesión. Cada día pienso en ello. Lo respiro, lo deseo. Sé que es imprescindible: Concientizar docentes de modo tal que aún conscientes de sus deshonrosos salarios cobren fuerza y responsabilidad para con una Bolivia necesitada, y capacitarlos para que puedan ejercer sus funciones sabia y responsablemente sobreponiéndose a la adversidad para que sean líderes dignos de admiración. Educar mediante campañas anti-chanchullo y anti-corrupción a las nuevas generaciones bolivianas en valores éticos que trasciendan la perversión de la sociedad actual. ¿Voluntarios?
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