Cuando yo te vuelva a ver
No habrá más penas
ni olvido
Quiero que sepas que al evocarte
Se van las penas de mi corazón
Arribo a media
tarde, luego de una larga espera producto de la impuntualidad característica,
el cliché de la “hora boliviana”, horas más tarde, testigo de la aventura de
volar, me dirijo a la cuna que ha influenciado una que otra expectativa futura,
porque no trastornando mis sueños. Las primeras pisadas en la pampa prestas en
el aeropuerto internacional de la provincia regulado con aire acondicionado
comenzaron a hablarme de la grandeza del lugar. Colas que avanzan a gran
rapidez, guiadas por una nueva especie de habitantes, con aire de superioridad.
Seguros de su belleza e importancia con un hablar refinado y más dinámico del
que estoy acostumbrada, pudieron vislumbrarse altivos, elegantes. Una simpatía
fuera de lo normal. Con facciones europeas y tez blanca, un caminar glamuroso y
un porte erguido, acaso no era yo parte de aquello, acaso no quería serlo. En
seguida, al salir del aeropuerto el golpe de calor en mi cuerpo me insinuó que
esta aventura sería especial. Una vez en la movilidad que se dirigía a mi nuevo
pequeño hogar no pude más que contemplar con la boca abierta el panorama. Un
árbol por cada siete personas. Maravillosos cipreses en la autopista hacia a la
pampa. Álamos y coníferas de numerosas especies. Construcciones de áreas
considerablemente amplias, taxis negros con amarillo, flores de variadas
especies. El contraste entre el azul cielo y las verdosas plantas. Gran
cantidad de construcciones y construcciones bien acabadas, decentes, elegantes
de colores variados, con aire europeo. Y nada de casas y departamentos de
ladrillo, al fin nada de eso, por el momento. Y unas amplias distancias, hasta
llegar a la ciudad de Buenos Aires. Y las calles anchas si no avenidas, y los
autos todos modernos, y las trancaderas nulas y los buses, lo buses una
experiencia aparte. Árboles en medio del centro de la ciudad y de cualquier
confín de ella, fresnos americanos, fénix, cipreses, ceibos y cedros, en plenas
calles tocando el cielo. Acacias blancas y arces, mis favoritos. Y antes de
arribar en el nuevo hogar avenidas llenas de locales: outlet, sale, 50%, 70%
OFF y calles largas e interminables con anuncios de compra y venta de ropa.
Palermo chico, Palermo viejo, Palermo soho. Bendito el día que te conocí. No
por solo por los bares, restaurantes y pubs, que en las noches de viernes me
quietaban el sueño ni por las ferias de diseño creatividades porteñas o por los
mil y un negocios de ropa, toda hermosa, toda entallada, industria nacional, si
no porque has engendrado en mi una esperanza, acaso vida, acaso la vida que
estuve necesitando. Y entramos al apartamento, serrano 1474, piso séptimo,
único edificio de diez pisos en el manzano. Maravilloso el lugar, confortable,
familiar, víctima nuevamente del gusto porteño, sillones blanco nieve, grandes
ventanas, detalles de arte contemporáneo sobre las mesas y pantallas con diseño
de tango en las lamparillas. Balcones hacia el paisaje llano erigido como
producto de amor. Y el calorcito que pega fuerte y se siente tan bien de shorts
cortitos y remeras sin manga.
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