Charlitas las nuestras
La paz de saberse amor
el gozo de ser útil
mano amiga
escucha abierta
tiernas notas
que hacen del hablar
más dulce que la miel
dejados anhelos egoistas
se torna sencillo
conversar
Acaso como profecía, con el pretexto de festejar lo “único nuestro”, una bonita tarde de Octubre conmemorando nuestro día, el día de nuestra ínclita y lo mucho de vida que nos prometía, tanta pasión, tanta ilusión vanidad y utopía decidiste no callar. Tú como antropófago insaciable, yo como ingenua púber. Habías tú declarado, resaltando mis ojos “esos muy negros de hondo mirar, los que perturban, los que atentan la normalidad y hacen de la rutina una aventura cotidiana, una constante búsqueda de roces, de palabras y de coincidencias”, profecía que desde tierra lejana iría a explicar recuerdos de mi linda ciudad con abundante melancolía urbandina. Quiero reprocharte, por dejarte seducir, al igual que yo por la tinta, no así por la expresión oral, palabras simples que las lleve al viento. Hoy tus letras son una profunda canción que hace eco en nuevas metas. Y no lo niego siento algo de culpabilidad. Siento que la he traicionado. He traicionado a nuestra ínclita. Ya no la concibo como antes, ya sus montañas no sacian mi sed de nuevos horizontes, ni sus “cholos” (sentido no peyorativo, valga aclarar) como tú, académicos, me inspiran a amar. Y ya no sé si instituirme yo misma chola, mestiza, europea, ni si quiera aún cristiana. En ella transcurrieron 8395 amaneceres. Es utopía también insistir no sean las circunstancias las que guíen mi camino, mis estados de ánimo, mi motivación. Cuando los anuncios en las paredes desgastadas gritan Bolivia cambia, es lamentable reconocer, al menos por hoy, instante fugaz, ya el altruismo no mueve mi mano ni cabe en mi mapa mental, con el que erijo mi camino, en el que he dejado de interpretarte a ti y a tu lado a otros miles. A lo mejor fue siempre un absurdo. Que me comporto más egoístamente que esos miles. ¿será? Y ahora qué. Tiempo, de prometer menos y dar más. De abrazar mi humanidad. El rencor y la envidia hundida en ganas de triunfar. La necesidad de acariciar. Que profesen entonces el hedonismo mis pasos así me concibo más real, más cercana a la onda profundidad de mi esencia natural. No es vergonzoso abrirse al cambio. Es más bien inútil no abandonarse a ser diseñado por los moldes más de miles de los pasos en esta no extensa pero intensa ciudad.
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