No recuerdo cuando fue la última
vez, que vi a los enfermos de sida en los hospitales, de los canales de
televisión en las series estadounidenses. Era mucho más entretenido verlos
flirteando, entre humor siendo seducidos y teniendo relaciones sexuales. Once por ciento del producto interno bruto. Cuanta
gracia entre subtítulos, risueños momentos de placer. Más no recuerdo cuando
pronunciaron las últimas palabras de su vida, reflexiones tabú "plan you future, this is not it" "Mi proyecto de
vida se derrumbó, yo no quiero morirme, pero es hora de partir". Las
cámaras no estaban allí, yo tampoco pude verlos y si los vi, no me acuerdo. Quizás
fue antes de las ocho, mi itinerario cotidiano de televisivo entretenimiento. No
recuerdo el momento el que sus padres sellaban con lágrimas su entierro. Estaban muriendo de SIDA.
Cuándo fue que a través
del coaxial transmitieron la señal que con descomunal ingenio reflejara el
dolor de la madre que se siente asesina, acabando de abortar la criatura de su
mirar “célula apenas, si quiera con vida” pobre la niña no es más la
misma. Y es que no quedó documentado, exceptuando el instante de descontrol, el
final de la pequeña vida. Tampoco el ocaso de la relación de la culpable mujer con su
príncipe azul del ensueño, desde NBC para el mundo. Veinte millones de expectantes
y más de ocho temporadas. Cómo no estar globalizando sus vidas, cuando el ingenio del centro de los Ángeles, les da a los espectadores nivel de valor agregado.
Creo que anda mal mi
memoria, pero quisiera acordarme cuando fue que vi esa historia. El padre alcohólico dejaba a la intemperie a su familia, tres hijos con su
futuro frustrado y una mujer curtida por los golpes que le daba. Ella
llorando en las escaleras, elevando el clamor a su cielo. Solo me acuerdo que
era divertido, salir a festejar con los amigos. Dejra por un instante la carga del consciente vivido. Increíbles momentos de contentamiento,
Lily y Marshal en medio. Siete temporadas y ni siquiera se revela el misterio.
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