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domingo, 26 de junio de 2011

Común

 Tus ojos revelan que yo
Nada puedo esconder
Que no soy nada sin ti
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Todo lo sabes de mí
Que cuando me miras
Nada puedo ocultar

Tatiana, sí, por más difícil de creer que resulta, era humana, demasiado humana, también. Para la cara ingenua de la vida, había sin duda aprendido a esconder su humanidad en la soledad de cuatro paredes. Este rostro colectivo anoréxico (la vida) estaba increíblemente necesitado de un modelo de integridad, se había acostumbrado a esperar de Tati solamente buenos resultados. El ambicioso y utópico rostro, clamaba por la manifestación de una vida recta y sin tacha como la de Tati, más aún en una era en la cual los tabués de los viejos tiempos, principalmente la sexualidad, promiscuidad y homosexualismo habían sido reemplazados por un nuevo tabú: “Vivir en base a principios morales”.

Pasados diez meses del debut de Tati, en escena, su primera obra de teatro luego de muchos años, se asombró el sediento rostro colectivo al asimilar que Tati lloraba, no sólo de emoción, no solo por compasión. Lloraba frente al público y cuatro veces al mes por detrás de los bastidores. Detrás de los bastidores por insignificantes pequeñeces, esperando aliviar los neurotransmisores que causan la angustia. Cuando se daba al llanto en escena, se hacía uno con el personaje, no pudiendo controlar sus lágrimas en frente de su audiencia, que la aclamaba. La audiencia la amaba, la aplaudía. Podía compenetrarse con su rol de vida entre telones. Pese a su talento, la bandida era increíblemente despistada y olvidaba con constancia detalles del manejo de espacio sobre la plataforma, abriendo paso a la improvisación, que requería su total concentración. Gran decepción para el ingenuo rostro sediento de la vida, Tati aún se olvidaba el guión, aún cometía horrores actorales, aún tenía sus  buenos días y sus muy malos.

El rostro, por su parte, llevaba sus prejuicios y sus inconscientes expectativas lo dejaban perfumando de un vehemente anhelo que los alcoholes, y noches de soltero apenas podían colmar. El rostro realista de la vida aceptó, al menos, que a pesar de que en sus días muy buenos Tatiana quería transformar al mundo desde la plataforma, hacer sentir el carente sentido de su arte o al menos dar vida a sus espectadores con alguno de sus roles teatrales, entregándose a la actuación de manera  abierta y espontánea, fuera de escena su vida iba al rito de una onda sinosoidal. Cuando se aseguraba de tener su vida y prioridades en orden y de vivir con visión, procurando explotar su potencial,  planeando un sinfín de tareas, actividades y compromisos de pronto podía apenas sobrevivir. Y entonces era incapaz de servir, apoderándose el desorden de su mente y habitación. Haciendo la melancolía que brotaba de sus obras teatrales contagio en sus asuntos cotidianos. Se hallaba lejos de actuar amable, bondadosa y confiablemente, entorpecía sus pasos y dichos y carecía de entendimiento.

En esa ocasión había acabado de ordenar su vestuario y empacar la utilería, taqueando la mochilla con sus enseres. Se la vio saliendo de prisa del teatro, de trote por Corrientes. Luego de su secuestro y desaparición, la busca el rostro de la vida, apenas se lo traga, pero Tatiana ya no está.

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