Fernando no puede evitar espiarla por el hoyo de su habitación.
En el afán de ordenar su armario y de arreglar algunos asuntos pendientes, Diana se encuentra con su cajita de recuerdos, una caja de zapatos carcomida por los dientes de los roedores que juntamente con ella habitan en su popular estancia de la calle 60. Llena de polvo la cajita apenas deja observar una postal que, a modo de adorno, lleva pintado el Illimani de Arturo Borda. La abre algo emocionada, pero se niega a admitirlo.
Ella se encuentra expuesta ante los ojos de él. Sí, puede observarla perfectamente desde el otro lado de la cerradura del cuartito que ella alquila. Fernando lleva practicando la costumbre de espiar a Diana por casi seis meses. Ha adquirido el hábito de observarla mientras duerme, cuando come, mientras llora y cuando tatarea frente al espejo sus a melódicas cumbias. Diana es aún una niña, tímida y pálida a pesar de su tez morena. Sonríe, sinceramente, esta vez en un intento no planificado de burlar la amargura que desde hace algunos años ha hecho sitio en su corazón. Ya tiene veintisiete.
Aquella niña que precozmente tuvo que cambiar las muñecas por los trabajos de hogar con la huida repentina de su padre puede con dificultad ocultar su emoción al abrir ese extraño rincón en el que lleva escondida más de la mitad de su vida. ¡Su cajita de recuerdos! Pero a pesar de su contención, Fernando, que tan bien la conoce, puede sentir la emoción propagada desde su ser.
En la superficie de la caja sobresalen unas cartas; acaso solo indicios de que Diana alguna vez tuvo una niñez común. Innumerables cartas sobresalen. Una de Eliana, su primera amiga de infancia, la que había cambiado a Diana por Lima, la Ciudad de los Reyes, al trasladarse allí con toda su familia. Cartas de Tatiana, de Paola, de Janet, de Selene. Diana sonríe levemente y lanza una carcajada al leer los mensajes contenidos en las misivas. En seguida, prosigue, rebuscando en el cajón. Monedas, de Dinamarca, de su antigua colección. Ante sus ojos, tan solo latas sin valor. Páginas de su primer diario. Naaada con verdadero sentido en su corazón. Con desprecio Diana continua husmeando. En algún lugar tiene que estar aquello que busca con insistencia. Entonces se encuentra con postales de su primera comunión y fotos de la virgen y del arcángel Miguel.
-Pero ¡Dónde te has metido! – grita Diana con voz grave, perdiendo casi la paciencia.
Sin lograr hallar más que tapas de las primeras chelas que había tomado en el mirador con la Manu, repite.
–¡No es posible!-
De todo un poco en aquella cajita de recuerdos. Un par de osos de peluche. Restos de su colección de metafísica del conde Saint German, su biblia de los chakras. Sin embargo, nada capaz de darle visión real respecto a su andar.
-¡Ahí! Parece que por ahi. -¿Lentes de Barbie?, Nooo... más enseñanzas. Ashh. Acaso no estaba por… ¡aja!, al fin. Te estaba buscando-
Entonces, y en silencio Diana toma el revólver súbitamente. Debe, con seguridad, seguir cargado. La última vez que lo escondió se aseguro de que estuviera listo para esta ocasión. Sin pensarlo dos veces dispara.
-Pero ¡Dónde te has metido! – grita Diana con voz grave, perdiendo casi la paciencia.
Sin lograr hallar más que tapas de las primeras chelas que había tomado en el mirador con la Manu, repite.
–¡No es posible!-
De todo un poco en aquella cajita de recuerdos. Un par de osos de peluche. Restos de su colección de metafísica del conde Saint German, su biblia de los chakras. Sin embargo, nada capaz de darle visión real respecto a su andar.
-¡Ahí! Parece que por ahi. -¿Lentes de Barbie?, Nooo... más enseñanzas. Ashh. Acaso no estaba por… ¡aja!, al fin. Te estaba buscando-
Entonces, y en silencio Diana toma el revólver súbitamente. Debe, con seguridad, seguir cargado. La última vez que lo escondió se aseguro de que estuviera listo para esta ocasión. Sin pensarlo dos veces dispara.
Fernando se abalanza sobre la puerta y luego de abrirla tropieza. Cae y despierta. Está en su habitación, pero ¿acaso no estaba espiando a Diana? No entiende nada. Se dirige a la habitación de Diana en la cual creía haber estado tan solo un par de segundos antes, la puerta está cerrada. Se abalanza sobre la puerta y luego de abrirla corre a los brazos de Diana. Diana duerme, intacta, perdida en un profundo sueño. Fernando la abraza como nunca antes. Diana abre los ojos
– Diana, mírame, debes enfrentar la cajita de recuerdos, no huirás, no huirás – le dice con voz penetrante.
Sin poder ya contener el llanto Diana llora intensamente. Finalmente y aliviada, lo mira a los ojos y sonríe.
– Diana, mírame, debes enfrentar la cajita de recuerdos, no huirás, no huirás – le dice con voz penetrante.
Sin poder ya contener el llanto Diana llora intensamente. Finalmente y aliviada, lo mira a los ojos y sonríe.

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