Lo que siento, lo que pienso, lo que sueño, lo que odio, lo otro, lo mío, lo nuestro. Bienvenidos todos los paceños, bolivianos, bloggeros y visitantes de este blog.

martes, 15 de marzo de 2011

Lever les yeux

Este es uno de esos posts en los que debo confesar qué es lo que realmente me sostiene. Mostrarme desnuda. Es de esos en los que pretendo mostrar mi escritura pulcra, salida de la más inocente intensión de mi corazón, sincerando mis vivencias para los que disfrutan leerme, o al menos lo hacen. Eventualmente. Continuamente. Obsesivamente.  


Con todo el estrés que implica este tiempo de trabajo y estudio a tiempo completo en mi vida -por  primera vez en mi existencia de relajada estudiante sin más responsabilidad- una de las cosas que más amo es disfrutar mi “tiempo libre” junto a mi amado: estando en su presencia, meditando acerca de mi pasado, presente y futuro… en la paz de su presencia, alzando los ojos tan lejos como pueda ver. Descansando en el conocimiento de tanta fidelidad. Y es que desde que me volví "religiosa" como el común denominador lo llama, no puedo negar cuanto ha cambiado mi forma de concebir el mundo y por lo tanto de enfrentarlo, manejarlo y manejarme en él. Y es que Él me alienta a no dejar fuera de mi panorama las promesas que están en la senda que juntos caminamos. Es así, que convencida de que él confía en mí, voy andando. Sabiendo lo que es real, sin querer volver atrás y sabiendo  exactamente a dónde dirigirme, voy andando. Cansada, a veces, voy andando. En sus brazos, generalmente, voy andando. Camino gracias a su voz, es la cuerda que impulsa mis pasos. Sí, por más incierto que parezca, puedo afirmar que oí su voz. Su dulce voz  me dijo ¡levántate! Sus palabras describieron lo que tiene preparado para mí: vida y vida en abundancia. Como dice el best sellers de todos los tiempos, adornado con tanta riqueza de desarrollo humanista, historias apasionantemente mágicas, protagonistas de la historia. Todos los días me susurra al oído palabras de ánimo, a pesar del desánimo que de pronto amenaza atrapar mi caminar. Entonces, casi instantáneamente recuerdo cuando vivía a la orilla de sus aguas ignorando la profundidad, de su amor, de su compañía, de su consejo. Cuantas victorias, de su mano. ¡Qué recuerdos! ¡Qué vivenciasDefinitivamente es inevitable alzar los ojos al cielo agradeciendo alegremente lo que me da. Ese es mi gran secreto. Mi fuerza es mi credo en algo que concibo real. Quién podría contarle a psicología, convencer a la filosofía del poder que Él tiene en mi diario caminar. Quien tratar con la ciencia sus asuntos y traducirle tanto milagro.Yo misma me he visto desafiando grandes diálogos con estos gigantes enfrentando mis certezas sin hallar fuente mejor de vida, de coherencia y de poder. Y aunque quiera reconstruir mis convicciones, ¡qué se le va hacer a esta terca silueta!

lunes, 14 de marzo de 2011

Cajita de recuerdos



Fernando no puede evitar espiarla por el hoyo de su habitación.

En el afán de ordenar su armario y de arreglar algunos asuntos pendientes, Diana se encuentra con su cajita de recuerdos, una caja de zapatos carcomida por los dientes de los roedores que juntamente con ella habitan en su popular estancia de la calle 60. Llena de polvo la cajita apenas deja observar una postal que, a modo de adorno, lleva pintado el Illimani de Arturo Borda. La abre algo emocionada, pero se niega a admitirlo.

Ella se encuentra expuesta ante los ojos de él. Sí, puede observarla perfectamente desde el otro lado de la cerradura del cuartito que ella alquila. Fernando lleva practicando la costumbre de espiar a Diana por casi seis meses. Ha adquirido el hábito de observarla mientras duerme, cuando come, mientras llora y cuando tatarea frente al espejo sus a melódicas cumbias. Diana es aún una niña, tímida y pálida a pesar de su tez morena. Sonríe, sinceramente, esta vez en un intento no planificado de burlar la amargura que desde hace algunos años ha hecho sitio en su corazón. Ya tiene veintisiete.

Aquella niña que precozmente tuvo que cambiar las muñecas por los trabajos de hogar con la huida repentina de su padre puede con dificultad ocultar su emoción al abrir ese extraño rincón en el que lleva escondida más de la mitad de su vida. ¡Su cajita de recuerdos! Pero a pesar de su contención, Fernando, que tan bien la conoce, puede sentir la emoción propagada desde su ser.

En la superficie de la caja sobresalen unas cartas; acaso solo indicios de que Diana alguna vez tuvo una niñez común. Innumerables cartas sobresalen. Una de Eliana, su primera amiga de infancia, la que había cambiado  a Diana por Lima, la Ciudad de los Reyes, al trasladarse allí con toda su familia. Cartas de Tatiana, de Paola, de Janet, de Selene. Diana sonríe levemente y lanza una carcajada al leer los mensajes contenidos en las misivas. En seguida, prosigue, rebuscando en el cajón. Monedas, de Dinamarca, de su antigua colección. Ante sus ojos, tan solo latas sin valor. Páginas de su primer diario. Naaada con verdadero sentido en su corazón. Con desprecio Diana continua husmeando. En algún lugar tiene que estar aquello que busca con insistencia. Entonces se encuentra con postales de su primera comunión y fotos de la virgen y del arcángel Miguel.


-Pero ¡Dónde te has metido! – grita Diana con voz grave, perdiendo casi la paciencia.


Sin lograr hallar más que tapas de las primeras chelas que había tomado en el mirador con la Manu, repite. 


–¡No es posible!- 


De todo un poco en aquella cajita de recuerdos. Un par de osos de peluche. Restos de su colección de metafísica del conde Saint German, su biblia de los chakras. Sin embargo, nada capaz de darle visión real respecto a su andar. 


-¡Ahí! Parece que por ahi. -¿Lentes de Barbie?, Nooo... más enseñanzas. Ashh. Acaso no estaba por… ¡aja!, al fin. Te estaba buscando- 


Entonces, y en silencio Diana toma el revólver súbitamente. Debe, con seguridad, seguir cargado. La última vez que lo escondió se aseguro de que estuviera listo para esta ocasión. Sin pensarlo dos veces dispara.

Fernando se abalanza sobre la puerta y luego de abrirla tropieza. Cae y despierta. Está en su habitación, pero ¿acaso no estaba espiando a Diana? No entiende nada. Se dirige a la habitación de Diana en la cual creía haber estado tan solo un par de segundos antes, la puerta está cerrada. Se abalanza sobre la puerta y luego de abrirla corre a los brazos de Diana. Diana duerme, intacta, perdida en un profundo sueño. Fernando la abraza como nunca antes. Diana abre los ojos

– Diana, mírame, debes enfrentar la cajita de recuerdos, no huirás, no huirás – le dice con voz penetrante.

Sin poder ya contener el llanto Diana llora intensamente. Finalmente y aliviada, lo mira a los ojos y sonríe.