Lo que siento, lo que pienso, lo que sueño, lo que odio, lo otro, lo mío, lo nuestro. Bienvenidos todos los paceños, bolivianos, bloggeros y visitantes de este blog.

viernes, 8 de octubre de 2010

Hoy no es tu día, pero al fin y al cabo soy como quien canta en invierno y lleva su pesado abrigo cuando sale el sol. Tú me enseñaste eso. ¿Sabes? Ayer pensé en ti. No pasaron más de diez minutos -luego de haber dejado de verte- sin que haya podido notar tu figura en mi imaginación, en mi inconsciente colectivo, en mi inconsciente personal. En el trufi camino a casa escuchaba el eco de tu voz a pesar del “Procura” de Chichi Peralta que traspasaba mis i-phones. Intrusa. Es inevitable que ocupes mi mente, que la inspires y la colmes con delicias e ingratitudes. ¿Cómo no pensar en ti en las trancaderas de la 6 de Agosto, 20 de Octubre, Mariscal Santa Cruz… etc? ¿Cómo ignorarte mientras exploro tus curvas, tus subidas, tus bajadas, tus inconsistentes puentes trillizos? Has hecho sitio en mis venas. Tienes tú cien mil rostros. Rostros discordes. Rostros que enseñan. Me he vuelto tu aprendiz. Entre tus bellas montañas he conocido la derrota, y el amargo sabor del éxito. La frustración, el alivio, la ira, el llanto, la euforia. Como imilla coqueta, pacientemente, me has enseñado a diferenciar el enamoramiento del amor, la pasión de la fuerza, abrazándome en tus calles. Y a pesar de que te siento a cada instante, aún no logro entenderte. Insisto. Tus rostros son variados y complejos. Años luz podría escribir acerca de ti y de lo que has hecho en mí con tus mil y un facetas que nada tienen que envidiar al espectro visible. Tus semblantes que utópicamente anhelan una identidad común -capaz de entretejernos a todos: llorones, coimeros, viudos, gordos, ciegos, sabios, médicos, ladrones, altos, vendedores, fuertes, borrachos, come marraquetas, sobrios, casados, santos, presteros, ingenieros, infieles, cocaleros, burócratas, flojos, flacos, frágiles, ociosos, danzarines, minibuseros, karaokeros, marcheros ... ¡collas!- han engendrado una parte de mí. Te amo. Aunque has robado instantes preciosos de mi vida. Te amo, lo digo por primera vez. Con tus calles sucias, repletas de multitudes y tus laderas deshieladas. Te amo. No se lo he dicho a nadie, nunca antes. No me atrevía a pronunciar las palabras, pero me has importunado y no me queda más que confesarlo. Aunque quisiera confesar también que me muero por apagar por tus letreros luminosos y quitarte de encima las publicidades con las cuales te han cargado (aunque sea por un instante), despojarte de tus marchistas y trancaderas, de tus vendedores ambulantes, de tus hediondas calles, de tus edificios quitasoles, de tus ruidosos boliches nocturnos, de tus insulsas gentes que hacen insulsas leyes, de tus perros callejeros y rabiosos. Quisiera plantar hojas de coca en tus sitios aledaños que inspiren diligencia, sazonar tus fricasés con picante que contrarreste la envidia y mezclar el mosto del que hacen tus chelas con granos crudos que inciten a la anti-corrupción. Pero entonces, Chuquiago, tú ya no serías tú y amarte sería sencillo. 


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