Desde mi punto de vista dos cosas son terribles.
La primera es para el idealista que escribe literatura, sea o no escritor. Sea o no paceño. Cuando se ha topado indefinidamente con el silencio de lo que cree será su gran creación, el desperdicio de sus insignificantes horas, su rato de diversión, el alivio de darse a conocer -para conocerse-, la crónica de sus insignificantes vivencias, unos cuantos minutos de algún ocioso o en el mejor de los casos un ávido lector. Se trata de no poder plasmar sus ideas en el papel.
Es que -entre cerros y laderas, y probablemente también a nivel del mar- es desagradable e insípido el gusto del vacío en la imaginación cuando el corazón está por estallar. "Si no grito lo que siento me voy a morir por dentro!" expresa en esas circunstancias la voz del alma desesperada plagiando al gaucho. Sensaciones varias y palabras pocas. Sensaciones muchas y palabras que juntas no tienen sentido. Los ruidosos tic tac del reloj se vuelven ecos de las cenizas de una prometedora gran idea. Frases ineptas de corta vida. Incapaces de permanecer, dejar huella, liberar, entretener, indagar. Ateromatosis. Hipoacusia. Anquilosis. El futuro bebé que patea y promete reflejar a mamá de repente es abortado apenas antes de nacer. "Déjame gritar!" plagia ahora en coro el ánima a los Holman, Sepúlveda y Villalba. La alegría, la ira, la historia, la imaginación, el rencor, la envidia, el relato, la epopeya, el enamoramiento y la emoción quedan truncados con el mover de los dedos sobre el computador (o sobre el lápiz). Para el idealista que escribe, un papel en blanco una hora después de haber procurado dejar huella es equivalente a un sordo dirigiendo una orquesta. Es una matriz estéril, es un sueño frustrado. Para el sencillo, poco ambicioso, realista, probablemente solo la evidencia de su limitado talento para estas cosas.
Cuando se acostumbra contarse con frecuencia y facilidad, el no conseguirlo como se quiere, luego de un par de horas de reiterados intentos es terrible. Esto, siempre y cuando lo que pudo haberse dicho haya tenido el potencial de engendrar vida, paz, fe, esperanza, humildad, fortaleza, pasión, amor, verdad y demás virtudes.
La segunda es el que no escribe literatura (ya sea porque es analfabeto, porque no ha conocido la sensación de arreglar letras o porque no le da la gana) o el que ha decidido dejar de escribir. Y lo triste no es que en la mitad de los casos, el que no escribe poco lee y el que ha dejado de escribir también ha olvidado leer, si no que ambos vienen a ser practicamente lo mismo: sombras. Callan y no producen, no entregan, no buscan para generar, no pueden, ni logran, ni intentan traducirse. No procuran crear. No tejen un camino para conocer (se), para expresar (se), para comprender (se). No proponen analizar ni evaluar la estructura y consistencia de sus razonamientos, opiniones, ni afirmaciones ... En ocasiones se han conformado con ser estáticos, lineales, comunes. No saben como sacarle el jugo las noches de desvelo, desenredar los nudos del alma o crear sus propios mundos. El primero no conoce lo que es contarse, el segundo no quiere ya intentarlo.
Mucho hace que luego de mis ojos haber visto papeles blancos, no he hecho nada al respecto. Culpa no tengo, verguenza, un poco. Aunque esos instantes de silencio únicamente lograron volver mi corazón a la tinta me hubiera gustado encapsularlos en la eternidad. Tres años. Quizá. He permanecido sin vida. Mucho hace que estoy en coma. He sido una voz muda, que se esconde, que huye. Que no sabe lo que piensa, incapaz de reconocerse, mucho menos recrearse. Que calla, lo bueno y lo malo. Lo rutinario y lo novedoso. Lo interesante y lo común. Lo mal que escribe y lo mucho que intenta. Que se disipa en su intento por erigirse. He sido una voz fantasma. Mucho hace que no hablo, ni grito, ni susurro. No escribo. Desde hoy lo vuelvo a intentar ....